Equilibrio o colapso: el nuevo valor del tiempo libre en la era del burnout

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Durante años, el éxito se midió en horas trabajadas. “Cuanto más ocupado, mejor” parecía ser la regla de oro. Pero algo está cambiando. Cada vez más personas —especialmente jóvenes— empiezan a cuestionar esa lógica. ¿Vale la pena vivir para trabajar? ¿O llegó el momento de trabajar para vivir?

El concepto de “lifestyle” ya no se asocia solo con lo que consumimos, sino con cómo organizamos nuestra vida. Y en ese cambio, el tiempo libre se volvió un activo de lujo. No se trata de vagancia ni de bajar los brazos: se trata de salud mental, de bienestar, de redefinir qué es una vida “plena”.

“El burnout no es una exageración. Es real, y está afectando a millones de personas. Dormimos poco, comemos mal, estamos conectados todo el día. No es sostenible”, afirma Micaela Godoy, psicóloga especializada en estrés laboral.

A raíz de la pandemia, el home office visibilizó un problema que venía de antes: la falta de límites claros entre trabajo y vida personal. La computadora en el comedor, los mails a las diez de la noche, las reuniones eternas. Muchas personas tocaron fondo y comenzaron a buscar otras formas de vivir.

Hoy, conceptos como “slow living”, “minimalismo digital” o “días sin pantalla” se expanden en redes sociales, blogs y comunidades urbanas. Las caminatas sin celular, los fines de semana sin agenda, el volver a leer, a cocinar, a descansar, dejaron de ser lujos: son actos de autocuidado.

También aparece un nuevo enfoque hacia el trabajo: jornadas más cortas, semanas de cuatro días, empleos que valoran la salud mental y la flexibilidad. Las empresas que no lo entienden, empiezan a perder talento.

“Queremos vivir bien. No solo ganar plata. Vivir bien es tener tiempo para nosotros, para nuestros afectos, para lo que nos gusta. Y eso vale más que un bono o una oficina con café gratis”, dice Martina, de 29 años, que dejó su empleo corporativo para emprender a su ritmo.

El estilo de vida que elijamos ya no se define por lo que tenemos, sino por cómo usamos nuestro tiempo. Y en esa decisión, cada vez más personas están eligiendo algo simple, pero revolucionario: vivir más despacio.

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