Durante décadas, acumular fue sinónimo de progreso. Más ropa, más tecnología, más muebles, más cosas. Pero algo cambió. Hoy, una parte creciente de la sociedad está abrazando una idea radical: tener menos para vivir mejor.
El minimalismo dejó de ser una tendencia estética para convertirse en una filosofía de vida. Se trata de cuestionar qué necesitamos realmente, y de soltar lo que sobra. No solo objetos: también compromisos, hábitos, rutinas, incluso relaciones.
“Vivimos saturados. No solo de cosas, también de estímulos, de obligaciones, de ruido. El minimalismo propone limpiar ese exceso y reenfocarnos en lo esencial”, explica Pablo Santini, consultor en bienestar y hábitos conscientes.
Cada vez más personas están revisando sus placares, sus gastos y su estilo de vida con una mirada más crítica. ¿Cuántas remeras usamos realmente? ¿Cuántas apps necesitamos? ¿Cuántos objetos compramos por impulso y terminan en un cajón?
El minimalismo no propone vivir con lo mínimo en forma rígida, sino con lo justo para cada uno. Hay quien reduce al extremo y vive con una mochila, y hay quien simplemente ordena su casa, compra con intención y aprende a decir “no” más seguido.
Las redes sociales ayudaron a popularizar esta forma de vida. Videos de organización tipo Marie Kondo, challenges de 30 días sin compras, tips para eliminar lo innecesario, o incluso movimientos como el “armario cápsula” invitan a probarlo en distintas áreas de la vida.
Pero no se trata solo de orden ni de estética. También hay un trasfondo ambiental. Menos consumo implica menos residuos, menos producción, menos huella ecológica. En un mundo sobrecargado de plásticos, envíos express y ropa desechable, consumir menos también es un acto político.
“Cuando dejás de comprar por ansiedad o por costumbre, recuperás tiempo, espacio y energía. Ahí entendés que tener menos te da más libertad”, resume Carla, diseñadora y practicante del minimalismo desde hace cinco años.
En tiempos donde todo invita a sumar, el desafío de restar se vuelve una forma de resistencia. Y también, quizás, una puerta a una vida más liviana, más clara, más propia.