Mientras el ritmo de la ciudad sigue su curso entre bocinazos, semáforos y construcciones, algo más está pasando a la sombra de los árboles, bajo los puentes o en los márgenes de los ríos: la fauna silvestre está volviendo. O tal vez, nunca se fue.
Cotorritas que anidan en lo alto de los postes, zorros que cruzan rutas en la madrugada, caranchos que sobrevuelan parques, comadrejas refugiadas en galpones. En muchas ciudades argentinas, los animales silvestres encontraron un espacio inesperado: el entorno urbano.
“Las ciudades crecen, invaden su hábitat, y los animales no desaparecen: se adaptan. Aprenden a vivir entre humanos, con otros horarios, otros recursos, otros peligros”, explica Julián Varela, biólogo especializado en ecología urbana.
La pandemia acentuó este fenómeno. Con las calles vacías, muchos animales salieron a explorar zonas que antes evitaban. Pero incluso ahora, con la actividad retomada, siguen allí. No siempre se los ve, pero conviven con nosotros: trepan árboles, husmean la basura, duermen en techos.
Esta convivencia plantea desafíos. No todos los vecinos reciben con agrado la aparición de murciélagos, serpientes o aves rapaces. A menudo se los confunde con plagas o se los intenta expulsar sin saber el daño que eso puede causar.
“La fauna urbana cumple funciones clave: controla insectos, dispersa semillas, mantiene el equilibrio ecológico. Su presencia es un indicador de salud ambiental”, señala Varela.
Frente a esto, algunas ciudades empiezan a implementar políticas de convivencia: cartelería educativa, corredores biológicos, campañas para no alimentar animales silvestres ni usar pesticidas en exceso. El objetivo no es eliminar a estos visitantes, sino aprender a vivir con ellos.
Los animales silvestres no son una amenaza. Son parte del ecosistema, incluso en contextos urbanos. Y si logramos verlos, entenderlos y respetarlos, tal vez podamos construir ciudades más amables, no solo para nosotros, sino para todos los seres vivos que las habitan.