Durante décadas, ver televisión significaba sentarse frente al aparato en un horario fijo, recorrer canales con el control remoto y esperar que algo interesante estuviera por empezar. Hoy, el ritual es otro: abrir una plataforma de streaming, navegar entre cientos de opciones y decidir qué ver, cuándo y cómo. El cambio fue profundo, y no solo tecnológico: transformó la relación que tenemos con los contenidos y con el tiempo libre.
En Argentina, este proceso se aceleró en los últimos cinco años. La pandemia consolidó el hábito de maratonear series y explorar catálogos internacionales. Al mismo tiempo, la televisión tradicional perdió protagonismo entre los más jóvenes, que prefieren ver desde el celular o la notebook, con auriculares y a su ritmo.
“Antes, la televisión ordenaba la vida. Se comía a las ocho porque a las nueve empezaba el programa. Hoy el contenido se adapta al espectador, no al revés”, dice Matías Bianchi, sociólogo especializado en medios.
El paso del zapping al algoritmo también tuvo consecuencias. Mientras que el control remoto invitaba al azar, al descubrimiento accidental, el algoritmo filtra y personaliza. Nos sugiere cosas similares a lo que ya vimos. Eso puede ser cómodo, pero también limitante: el espectador se encierra en su burbuja de gustos.
Por otro lado, las plataformas impusieron nuevos formatos narrativos. Episodios de 25 o 45 minutos, arcos de temporada pensados para el binge-watching, y una estética globalizada que prioriza el ritmo, el cliffhanger y la fidelización emocional. El modelo clásico de la telenovela diaria, por ejemplo, quedó relegado a nichos muy específicos.
Sin embargo, no todo se perdió. La televisión abierta aún mantiene espacios de relevancia: programas en vivo, noticieros, realities, partidos de fútbol. Allí sigue habiendo comunidad, simultaneidad, conversación en tiempo real. Esos momentos compartidos que el streaming, con toda su oferta, no siempre puede generar.
Además, muchos espectadores combinan ambos mundos. Ven series por Netflix, pero prenden el canal de aire para ver qué pasa con “Gran Hermano” o “MasterChef”. El consumo audiovisual ya no es excluyente: es fragmentado, multiplataforma y personalizado.
Lo cierto es que mirar televisión ya no es lo que era. Pero sigue siendo parte central de la vida cotidiana. Cambió la pantalla, cambió el control, cambió la lógica. Lo que no cambió es la necesidad de encontrar historias que nos atrapen, nos emocionen o simplemente nos ayuden a desconectar.