Durante años, las grandes ciudades concentraron todo: oportunidades laborales, eventos, conexiones, servicios. Pero en los últimos tiempos, algo se está moviendo. Con el crecimiento del trabajo remoto y el deseo de una vida más tranquila, muchas personas están dejando las metrópolis para instalarse en pueblos o ciudades más chicas.
No se trata solo de escapar del caos. Es una búsqueda de calidad de vida. Menos ruido, más verde, menos tiempo perdido en transporte, más contacto humano. Lo que antes era impensado —“me voy a vivir al interior”— hoy se transforma en una decisión estratégica y, para muchos, liberadora.
“La pandemia aceleró todo. Gente que antes ni lo consideraba, ahora vive en lugares donde puede trabajar desde casa y salir a caminar sin estrés. Se dieron cuenta de que no necesitan estar en una gran ciudad para tener una buena vida”, dice Rodrigo Ferrer, urbanista y consultor en desarrollo local.
San Marcos Sierras, Tandil, Alta Gracia, Bariloche, El Bolsón, Gualeguaychú. Son solo algunos de los destinos que están viendo crecer su población, especialmente de jóvenes profesionales, parejas con hijos y freelancers que buscan otro ritmo.
Además, la diferencia de costos es notable. El alquiler de un departamento en una ciudad chica puede valer la mitad (o menos) que en Capital Federal, Rosario o Córdoba. Y eso libera recursos para otras cosas: salud, alimentación, tiempo libre, proyectos personales.
Claro que no todo es ideal. Hay desafíos: conectividad limitada en algunos lugares, oferta laboral más acotada si no se trabaja online, adaptación cultural. Pero muchos lo ven como un costo menor frente a los beneficios del cambio.
También hay un redescubrimiento de lo local. Compras en la feria, vínculos vecinales, productos frescos, menos consumo innecesario. Vivir en una ciudad chica no solo cambia el entorno, cambia también la lógica cotidiana.
“Antes vivía para llegar al viernes. Acá vivo el día a día distinto. Trabajo, sí, pero también tengo tiempo. Y eso no lo cambio por nada”, cuenta Silvia, diseñadora gráfica que se mudó a Merlo, San Luis, con su pareja y sus dos hijos.
La vida fuera del centro no es para todos, pero está dejando de ser una rareza. Y en un mundo que busca nuevas formas de habitar, puede ser una de las respuestas más simples —y profundas— a la pregunta de cómo queremos vivir.